“Si anda como un pato, nada como un pato y grazna como un pato… probablemente es un pato”
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La expresión de la cita, conocida como el principio del pato, se popularizó en Estados Unidos a mediados del siglo XX y se ha convertido en una forma coloquial de hablar sobre la evidencia por coherencia. Es decir, cuando algo muestra de forma consistente un comportamiento, probablemente es lo que parece, aunque queramos pensar lo contrario.
En ocasiones, queremos creer que ese pato es en realidad un cisne. Porque así lo necesitamos, porque nos lo prometieron, o porque confiamos en que, esta vez, todo será distinto.
Esta tensión entre el deseo y la realidad aparece constantemente en nuestras vidas. Pero en el ámbito del liderazgo, puede marcar la diferencia entre el avance y el estancamiento, entre la lucidez y la frustración, entre construir con autenticidad o sostener una ilusión que tarde o temprano se cae.
Ver lo que queremos ver
Uno de los mayores retos en el liderazgo, no es tomar decisiones complejas, sino aceptar lo que es, tal como es y a partir de ahí agregar valor.
Con frecuencia, nos aferramos a lo que deseamos ver: una persona que pensamos que puede cambiar, un equipo que suponemos más maduro de lo que es, una cultura que creemos más sólida de lo que demuestran los hechos.
Queremos pensar que ese colaborador que evita responsabilidades solo necesita otra oportunidad. Que esa promesa de liderazgo que no escucha ni colabora, simplemente está atravesando una mala etapa. Que esa estrategia que no está funcionando terminará dando frutos si la sostenemos un poco más.
La intención puede ser noble. Pero cuando el deseo eclipsa la realidad, empezamos a construir sobre arenas movedizas.
Y en ese empeño por transformar patos en cisnes, olvidamos que los patos también tienen valor. Pueden no tener la elegancia del cisne, pero son ágiles, resistentes y adaptables. El problema no es ser pato, sino pretender que lo dejen de ser. Muchas veces, al proyectar nuestras expectativas, no solo nos engañamos, sino que también frustramos a quienes podrían brillar si los viéramos por lo que realmente son.
Se me vienen a la cabeza mas de una situación en las que si hubiera visto el pato, me hubiera ahorrado más de una disgusto y alguna que otra decepción.
La realidad habla. ¿La escuchamos?
La realidad siempre habla. Se expresa en los hábitos, en las decisiones, en las conversaciones reales (no en los discursos). Se muestra en los datos, pero también en los silencios, en los gestos, en lo que ocurre cuando nadie está mirando.
El problema no es que la realidad no se vea. El problema es que, a veces, no queremos verla. Porque implica incomodidad. Porque pone en duda nuestras decisiones pasadas. Porque nos obliga a actuar, a asumir consecuencias, a soltar expectativas que ya habíamos abrazado.
Aceptar la realidad no es rendirse. Es empezar a liderar desde un lugar más lúcido.
Liderazgo auténtico: cuando lo que se ve, se alinea con lo que es
El liderazgo auténtico, como desarrollo en El valor de la autenticidad, no necesita maquillajes. Se nota en la forma en que una persona escucha, en cómo toma decisiones difíciles, en cómo responde a la presión sin sacrificar valores.
Un líder que inspira es coherente. Y si no lo es, por más títulos, autoridad o discursos que tenga, las personas lo notan. Puede vestir como un líder, hablar como un líder y usar todas las palabras correctas. Pero si no actúa como tal, si no respeta, si no impulsa, si no da ejemplo… entonces probablemente no es un líder.
Y aquí volvemos al principio del pato.
Entre el deseo y la realidad, elige autenticidad
El deseo es necesario. Nos empuja, nos da visión, nos conecta con lo que podría ser.
Pero si no se equilibra con la realidad, nos aleja de lo esencial.
Un líder que solo ve lo que desea ver, termina desconectado de su equipo, de su entorno y, finalmente, de sí mismo.
Un líder que acepta la realidad, incluso cuando es incómoda, puede actuar con sentido, tomar decisiones más sabias y construir un entorno más auténtico.
Ver lo que es, no lo que quisiéramos que fuera. Ahí comienza el verdadero liderazgo.
Porque un pato puede ser muy válido en su contexto. Pero no pidamos que actúe como un cisne si no lo es.
Y sobre todo, no insistamos en engañarnos. El liderazgo, como la autenticidad, empieza por mirar sin filtros.
¿Habéis querido en alguna ocasión convertir patos en cisnes?