“Lo difícil no es saber lo que es correcto, sino hacerlo”
Aristóteles
Vivimos en la era de la conveniencia. Todo está diseñado para ahorrar tiempo, reducir fricción y simplificar decisiones. Comprar, informarse, entretenerse, trabajar o relacionarse es hoy más fácil que nunca. Basta un clic. Basta un gesto. Basta aceptar.
La conveniencia, en sí misma, no es un problema. Ha traído avances reales y mejoras indiscutibles. El riesgo aparece cuando se convierte en el criterio por defecto, cuando dejamos de preguntarnos por sus efectos y renunciamos a decidir de forma consciente. Ahí surge una tensión silenciosa, pero constante: la que existe entre conveniencia y autenticidad.
Autenticidad vs conveniencia
Ser auténtico no exige coherencia perfecta. No se trata de renunciar a la conveniencia ni de convertir cada decisión en un acto heroico. La autenticidad, como explico en El valor de la autenticidad, no es pureza moral, sino dirección.
No es un objetivo, es un hábito.
La mayoría de nuestras decisiones no aparecen como dilemas morales. No decidimos entre el bien y el mal, sino que aceptamos decisiones cómodas sin detenernos a revisar su coherencia.
Richard Thaler y Cass Sunstein, en su investigación sobre la arquitectura de las decisiones, demostraron que el diseño del entorno influye más en nuestras elecciones que en nuestros valores declarados. La opción por defecto casi siempre gana.
La brecha entre lo que creemos y lo que hacemos
Un estudio de 2022 de Globescan reveló que el 73% de los consumidores afirmaban preocuparse por la sostenibilidad, pero solo el 23 % ajustaba conscientemente sus decisiones de compra en consecuencia. Una brecha de 50 puntos porcentuales.
Esta distancia no refleja hipocresía masiva, sino la fuerza de la conveniencia actuando bajo nuestros valores.
Sabemos que las grandes plataformas de comercio electrónico concentran el poder, precarizan empleos y arruinan el comercio local, pero pedimos el libro que necesitamos “solo esta vez” porque llega mañana.
Criticamos la moda de bajo coste y alta rotación, pero compramos la camisa porque nos gusta y “no tenemos tiempo de buscar alternativas”.
Nos preocupa la explotación de los repartidores, pero mantenemos un par de apps de comida instaladas porque “no nos queda más remedio”.
¿Por qué existe esta brecha? Porque la conveniencia no solo es más fácil. Está diseñada para serlo.
El algoritmo optimiza para que no pienses. El proceso automático te libera de decidir. Y poco a poco, delegamos el criterio hasta dejar de preguntarnos ¿qué estamos cediendo a cambio?
Para reducir la incomodidad, recurrimos a las mismas excusas: “mi decisión individual no cambia nada”, “no es tan grave”, “todo el mundo lo hace”. Es lo que el psicólogo Leon Festinger llamó disonancia cognitiva: cuando lo que hacemos contradice lo que creemos, nuestro cerebro ajusta la percepción para calmar el malestar.
La conveniencia corporativa
Las organizaciones viven esta tensión de forma amplificada. Declaran valores ambiciosos mientras toman decisiones convenientes a corto plazo.
Las redes sociales dicen priorizar el “bienestar digital” mientras sus algoritmos maximizan el tiempo de pantalla. H&M anunció su colección “Conscious” como el 20% de su producción, pero análisis independientes revelaron que representaba menos del 2% del volumen real de ventas.
El problema no es la contradicción puntual, inevitable en sistemas complejos, sino cuando esa brecha se normaliza. Cuando la coherencia se relega a comunicación y decisiones estratégicas, siguen solo la lógica de la conveniencia financiera trimestral.
¿Qué perdemos?
Mantener esta brecha tiene consecuencias:
A nivel sistémico, cada decisión en la que priorizamos la conveniencia refuerza ideas que decimos rechazar: concentración de poder, precariedad, emergencia climática, etc.
A nivel psicológico, vivir en contradicción genera malestar silencioso. El psicólogo Tim Kasser lo documentó como la disonancia entre valores y acciones se correlaciona con mayor ansiedad y cinismo.
A nivel social, erosiona la confianza. Cuando todos actuamos como si los valores fueran opcionales “dependiendo de lo que cueste”, la coherencia se vuelve excepcional en lugar de esperada.
La fricción como señal
La autenticidad introduce fricción, pero no como obstáculo, sino como señal. Obliga a pensar, a asumir límites, a reconocer contradicciones.
En un entorno optimizado para que todo sea fácil, detenerse a reflexionar ya es, en sí mismo, una forma de decisión consciente.
La conveniencia no es el problema en sí. Se vuelve problemática cuando deja de ser una opción consciente y se convierte en la excusa automática que evita que decidamos y asumamos las consecuencias.
La pregunta no es si debemos elegir siempre la coherencia sobre la conveniencia. La pregunta es ¿estamos eligiendo de forma consciente o simplemente aceptando lo que resulta más fácil?
Me encantaría conocer vuestra opinión al respecto.
