“Escribir es, en última instancia, una forma de prestar atención”
Susan Sontag
El administrativo entra en escena con paso decidido, tirantes naranjas y máquina de escribir en su mesa portátil. Se sienta ante su escritorio. Abre la máquina de escribir —una auténtica máquina, no un atrezo— y comienza a escribir al son de la música. El Auditorio Nacional se llena entonces de un sonido que muchos ya no reconocen: el repiqueteo metálico y discontinuo de las teclas, el tintineo de la campanilla al final de cada línea, el clonc satisfactorio del carro al retornar. Leroy Anderson convierte ese paisaje sonoro de las oficinas del siglo XX en música, y la orquesta lo acompaña con complicidad. Mari Carmen y yo, en nuestra cita anual con el Concierto de Navidad, sonreímos. Pero mi sonrisa trae consigo una avalancha de recuerdos.
Porque yo viví en ese mundo. Conozco ese sonido no como pieza de museo, sino como banda sonora de mis primeros años laborales.
El peso de cada letra
Mi compañera de trabajo solía ser una Lexicon 80. No una laptop, no un ordenador de sobremesa. Una máquina de escribir, robusta, gris metálico y de peso considerable. Cada informe que salía de ella era definitivo. No había control-Z, no había “deshacer”. Había papel, tinta de cinta y, sobre todo, había concentración.
Los informes oficiales no admitían correcciones con Tipp-ex, ese líquido blanco corrector que algunos usaban con bastante generosidad. Pero en un informe formal, una errata significaba empezar de nuevo. Toda la página. Y cuando llevabas veintisiete líneas impecables de treinta posibles, cada nueva tecla se pulsaba con el corazón ligeramente acelerado. Un error ahí, tan cerca del final, y todo el esfuerzo se desvanecía.
Ese momento era el equivalente a trabajar horas en un documento digital y que el ordenador se cuelgue sin que hayas guardado. La misma sensación de pérdida, la misma frustración ante el trabajo esfumado. Pero con una diferencia: con la máquina de escribir, el riesgo estaba presente en cada momento. No te relajabas nunca. Cada palabra exigía su cuota de atención.
La escritura como acto físico-
Intento imaginar cómo habría sido escribir alguno de mis libros sin procesador de texto. No reordenaría capítulos arrastrando iconos. No copiaría y pegaría párrafos. No buscaría y reemplazaría. Cada página escrita sería una página escrita, en el sentido más material del término. Si quisiera mover un párrafo del capítulo tres al cinco, reescribiría. Si una frase no me convenciera a mitad de página, decidiría: ¿lo suficientemente grave para empezar de nuevo, o convivo con la imperfección?
Esa fricción entre la idea y su materialización estuvo presente en todos los libros escritos antes de los procesadores de texto. Tal vez obligaba a los autores a pensar más antes de escribir. A componer mentalmente párrafos más completos antes de lanzarse. O quizás simplemente los hacía más lentos, y confundimos esa lentitud con profundidad.
La paradoja del tiempo
Hoy producimos textos a una velocidad impensable hace cuatro décadas. Un informe que antes requería una mañana entera ahora puede completarse en una hora. La pregunta es inevitable: ¿qué hemos hecho con ese tiempo?
La evidencia sugiere que muy poco se ha transformado en productividad real. El economista Robert Solow ya lo señaló en su conocida paradoja: mientras la capacidad informática se multiplicó por cien entre 1970 y 1980, el crecimiento de la productividad cayó del 3% al 1%. La tecnología avanzó; la productividad, no.
El tiempo liberado no se tradujo en más valor. Simplemente se llenó con más tareas.
Un análisis posterior de Jacob Stoller, basado en datos del gobierno de Estados Unidos, refuerza esta idea. Entre 1980 y 2023, el crecimiento de la productividad total de los factores ha promediado apenas un 0,8% anual, muy por debajo de lo esperado.
Las herramientas nos ahorran tiempo, pero no sabemos capturar ese ahorro. Los procesos tardan en cambiar y, mientras tanto, el tiempo ganado se diluye en más actividad, no en mejores resultados.
Coda
El administrativo tecleó la última línea, la orquesta remató con un fortísimo, y el público estalló en aplausos. Mari Carmen y yo aplaudimos también, sonriendo. La pieza había sido divertida, ingeniosa, un guiño cómplice a quienes conocimos ese mundo.
Las transformaciones tecnológicas no son solo cambios de herramientas. Son cambios en cómo pensamos, trabajamos y nos relacionamos con el tiempo. Y aunque aún no hayamos descifrado del todo cómo capturar las ganancias de productividad que prometen, el balance es positivo. Escribimos más, creamos más, compartimos más.
Quizás dentro de treinta años alguien escriba sobre la desaparición de los teclados físicos. Y sentirá algo parecido a lo que yo sentí en ese concierto: una mezcla de asombro por lo recorrido y curiosidad por lo que viene.
Escrito en procesador de texto, con tres borradores. Sin Tipp-ex, pero con algo de control-Z.

Feliz año Adolfo.
Tu primer articulo del año me hace reflexionar sobre el dato del incremento en la capacidad técnica vs el aumento en la productividad.
Esta claro que hemos aumentado las actividades, pero ¿para añadir mas controles?, ¿complicar mas los procesos?, ¿acumular mas informes/reporting?, ¿mas reuniones (presenciales u on-line)?, ….
Dado que el numerador del ratio de productividad NO ha crecido, tendríamos en una especie de «Presupuesto Base Cero» replantearnos todas y cada una de las actividades que realizamos.
Me voy a poner a trabajar sobre este tema, ya que me ha gustado.
Gracias por compartir.
Adolfo, tu artículo me ha recordado la anécdota con un joven hace unos años.
Al ver cómo utilizaba una máquina de escribir, se quedó maravillado y sorprendido de que al pulsar una tecla, de inmediato la letra quedaba impresa en el papel, sin esperar a finalizar el texto y pulsar “print”.
Salió corriendo a buscar a sus amigos para que vieran la “portentosa impresora” que tenía su vecino, que no necesitaba portátil ni tablet para funcionar e imprimía de manera instantánea.