“No infravaloro ni a mis enemigos ni a los que me rodean, pues ése es el principio de todos los fracasos.”

Publio Escipión, en Las legiones malditas

Este verano he terminado Las legiones malditas, de Santiago Posteguillo. Una novela que, además de trasladarnos magistralmente a la segunda guerra púnica, deja aprendizajes que siguen resultando sorprendentemente actuales: la importancia de la estrategia frente a la fuerza, el valor de cuestionar lo establecido, la capacidad para ganarse la confianza de los demás, la audacia cuando llega el momento de decidir o el peligro de convertir la experiencia en una certeza incuestionable.

Pero para este primer post después del verano he elegido uno que me parece especialmente relevante para el momento que vivimos: la capacidad de aprender de aquello que nos amenaza.

Aníbal había sido durante años la gran pesadilla de Roma. Había cruzado los Alpes, derrotado una y otra vez a sus ejércitos y demostrado una capacidad táctica que desconcertaba a los generales romanos. Cannas quedó como la expresión más brutal de aquella superioridad.

Lo esperable ante un adversario así era combatirlo. Escipión hizo algo más inteligente: lo estudió.

Observó sus movimientos, comprendió las razones de sus victorias y aprendió de su capacidad para utilizar el terreno, sorprender y explotar las debilidades del contrario. No renunció a lo que Roma sabía hacer bien, pero tampoco permitió que la tradición militar romana le impidiera reconocer que su enemigo había entendido algunas cosas mejor que ellos.

Aníbal era su mayor amenaza. Y terminó siendo también uno de sus mejores maestros.

Quizá ahí haya una lección especialmente útil para nuestro tiempo.

Cuando aparece algo que amenaza nuestra posición (un nuevo competidor, una tecnología, un modelo de negocio diferente, una nueva generación de profesionales) nuestra primera reacción suele ser defensiva. Intentamos demostrar por qué nuestro modelo sigue siendo válido, buscamos las debilidades del recién llegado o confiamos en que aquello que nos ha permitido llegar hasta aquí siga funcionando.

La pregunta suele ser: ¿cómo nos defendemos?

Quizá deberíamos empezar por otra: ¿qué ha entendido antes que nosotros?

Las amenazas contienen información

Cuando un nuevo competidor empieza a ganar clientes, está diciendo algo sobre esos clientes. Cuando una tecnología sustituye determinadas tareas, está diciendo algo sobre cómo las realizábamos. Cuando alguien cuestiona una forma de trabajar que llevamos años considerando normal, quizá esté señalando algo que nosotros hemos dejado de cuestionar.

Las amenazas no solo ponen en riesgo nuestra posición. También revelan nuestras debilidades.

Y cuanto más éxito hemos tenido, más difícil puede resultar reconocerlo. Porque el éxito genera conocimiento, experiencia y confianza, pero también puede convertir en verdad permanente aquello que simplemente funcionó durante mucho tiempo.

Roma sabía combatir. Tenía un ejército extraordinariamente disciplinado, una enorme capacidad organizativa y siglos de experiencia militar. Precisamente por eso resultaba difícil aceptar que un general cartaginés pudiera estar enseñándoles algo.

Algo parecido sucede en las organizaciones. Muchas veces el problema no es la falta de conocimiento, sino el exceso de confianza en el conocimiento que nos trajo hasta aquí.

Aprender no es copiar

Escipión, sin embargo, no intentó convertirse en Aníbal.

Comprendió sus métodos, incorporó algunos de sus aprendizajes y los combinó con las fortalezas propias de Roma. Esa diferencia entre aprender e imitar resulta especialmente relevante hoy.

Lo estamos viendo con la inteligencia artificial. En muy poco tiempo hemos pasado de preguntarnos qué podía hacer a intentar incorporarla prácticamente en todas partes. Observamos qué hacen otras organizaciones y tratamos de reproducirlo.

Pero quizá estemos confundiendo adoptar con aprender.

La pregunta interesante no es únicamente qué podemos hacer con la IA, sino qué nos está enseñando sobre nuestra manera de trabajar.

¿Por qué necesitábamos tantas horas para determinadas tareas? ¿Por qué algunas decisiones requieren tantos niveles? ¿Cuántos procesos mantenemos simplemente porque siempre han existido? ¿Qué parte de nuestro conocimiento era realmente diferencial y cuál dependía de disponer de información difícil de obtener?

Una nueva tecnología no solo proporciona capacidades. También puede actuar como un espejo.

Cuando la experiencia deja de ayudar

Hay otra enseñanza en Escipión que merece atención. Conocía la tradición militar romana, pero fue capaz de mirar más allá de ella.

La experiencia es imprescindible: permite reconocer patrones, anticipar problemas y decidir mejor. Pero encierra una paradoja. Cuanto más sabemos, más fácil resulta interpretar lo nuevo utilizando categorías antiguas.

Entonces vemos un nuevo competidor y buscamos con quién compararlo. Aparece una tecnología diferente y tratamos de encajarla en nuestros procesos. Cambian los clientes y buscamos explicaciones dentro de modelos que ya conocemos.

La experiencia, que debería ampliar nuestra mirada, puede terminar limitándola.

El criterio no consiste solo en acumular experiencia. Consiste también en saber cuándo dejar de utilizarla como respuesta automática.

¿De quién deberíamos estar aprendiendo?

Solemos elegir nuestros referentes entre quienes admiramos: personas que respetamos, empresas ejemplares, autores con los que compartimos ideas.

Seguramente una parte del aprendizaje más valioso se encuentre en lugares menos cómodos: el competidor que está ganando nuestros clientes, la pequeña empresa que hace en semanas lo que nosotros tardamos meses en aprobar, el profesional que utiliza herramientas que desconocemos o la tecnología que cuestiona capacidades sobre las que hemos construido nuestra ventaja.

No se trata de imitarlos.

Se trata de tener la curiosidad suficiente para preguntarnos: ¿qué han entendido ellos que nosotros todavía no hemos entendido?

Siglos después sabemos que Escipión terminó derrotando a Aníbal en Zama. Pero quizá aquella victoria empezó mucho antes, cuando fue capaz de dejar de observarlo únicamente como el enemigo al que debía vencer y comenzó a verlo también como alguien de quien podía aprender.

Después del verano solemos regresar con nuevos planes y objetivos. Quizá este año merezca la pena volver con dos preguntas distintas:

¿Cuál es hoy nuestra mayor amenaza?

¿Qué podemos aprender de ella?

Porque, algunas veces, tu mayor amenaza puede ser tu mejor maestro.

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