“Lo que haces habla tan alto que no puedo escuchar lo que dices.”
Ralph Waldo Emerson
En mi libro El valor de la autenticidad, defiendo la idea de que la autenticidad empresarial es el compromiso de convertir los valores en los hábitos de la organización. Redactar una declaración de principios es relativamente sencillo. Lo difícil, lo que distingue a las organizaciones que perduran, es que esos principios se reflejen de forma consistente en las decisiones, los comportamientos y las prioridades del día a día.
La cultura no vive en las paredes, en la web corporativa ni en la memoria anual. Vive en lo que la organización hace, especialmente cuando nadie está mirando.
La cultura vive en las decisiones
Durante décadas, transmitir esa cultura ha sido responsabilidad de las personas: directivos y mandos intermedios que traducían el propósito y los valores en comportamientos concretos. Pero algo estructural está cambiando.
Cada vez más organizaciones incorporan sistemas que participan activamente en decisiones sobre clientes, empleados, proveedores o riesgos. Se presentan como herramientas tecnológicas, pero operan en el territorio de la cultura. Porque la cultura no es una abstracción, es la suma de miles de decisiones cotidianas. Cómo se atiende una reclamación. A quién se concede un crédito. Cómo se promociona a un empleado. Qué prevalece cuando los objetivos de corto plazo entran en tensión con los principios de la organización.
Cuando los sistemas participan en esas decisiones, el tema deja de ser tecnológico y se convierte en una cuestión de gestión y de liderazgo.
Toda decisión incorpora criterios. Y los criterios, valores
Persiste la idea de que la tecnología es neutral. No lo es.
Detrás de cualquier sistema hay decisiones de diseño: qué datos usar, qué objetivos perseguir, qué variables priorizar, qué riesgos son aceptables. Y detrás de esas decisiones, casi siempre, hay valores (explícitos o no). Los criterios siempre están ahí. La cuestión es si alguien los ha elegido deliberadamente o simplemente han ocurrido.
La autenticidad también se entrena
Ser auténtico como organización significa ser coherente entre lo que se dice y lo que se hace. Una definición que hoy adquiere más significado que nunca.
Una empresa puede afirmar que sitúa al cliente en el centro y diseñar procesos que prioricen únicamente la eficiencia. Puede defender la diversidad mientras utiliza sistemas que reproducen sesgos históricos. Puede hablar de transparencia mientras adopta mecanismos de decisión que nadie es capaz de explicar.
La cuestión ya no solo es si los empleados conocen los valores de la organización. Es también si esos valores están presentes en los sistemas que operan cada día en su nombre.
¿Quién es responsable?
No existe una única respuesta, pero sí un patrón común en las organizaciones que lo hacen bien. Alguien tiene el mandato explícito de garantizar que los sistemas reflejen los valores de la empresa. El título importa menos que la claridad. Hay un nombre, una agenda y una rendición de cuentas.
El primer paso no es tecnológico. Es un diagnóstico de gestión. Tres sencillas preguntas que toda organización debería ser capaz de responder:
- ¿Sabemos qué decisiones están tomando o en las que están influyendo nuestros sistemas hoy?
- ¿Están esos criterios alineados con los valores que decimos tener?
- ¿Hay alguien con el mandato explícito de garantizarlo?
Si la respuesta a alguna de ellas es no, o no lo sé, ahí está el trabajo.
El segundo paso es hacer visible el compromiso. Algunas organizaciones ya lo han formalizado en un manifiesto de uso de la IA: una declaración comprensible para cualquier empleado que deja claro qué valores deben guiar sus sistemas, qué está permitido y qué no, y quién responde cuando algo falla. No es poco. Y tampoco es suficiente si se queda en el papel. Lo importante son las conversaciones que genera: en los equipos, en los comités de dirección, en los momentos en que una decisión concreta pone a prueba lo que se ha escrito.
Las organizaciones que marcarán la diferencia no serán necesariamente las más avanzadas tecnológicamente. Serán las que sepan quiénes quieren ser y hayan tenido la determinación de diseñar y entrenar sus sistemas en consecuencia.
