“El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura cuando el peligro sobrepuja a la esperanza; y de sabios es guardarse hoy para mañana y no aventurarlo todo en un día”.

Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes

En síntesis: Cuanto más hemos invertido en algo, más difícil nos resulta abandonarlo, incluso cuando sabemos que ya no merece la pena. Es la falacia del coste hundido: una trampa que convierte el pasado en argumento para decidir el futuro y que, en las organizaciones, puede llevarnos a confundir perseverancia con empecinamiento. Saber parar también es una forma de avanzar.

Estás en el cine viendo una película que no te gusta. Llevas media hora y sabes que no va a mejorar. Y aún así te quedas. ¿Por qué? Porque pagaste la entrada. La lógica parece impecable y es falsa: ese dinero ya no vuelve, te quedes o te marches. Lo único que decides ahora es cómo pasar la hora y media que queda. Y, si te quedas, eliges pasarla mal.

El precio de no saber parar

Esta situación tiene nombre: la falacia del coste hundido, que consiste en decidir el futuro mirando lo que ya gastamos, en lugar de lo que aún vale. Es uno de los errores mejor documentados del juicio humano y uno de los más caros. Durante años los economistas la llamaron, con razón, la falacia del Concorde. Reino Unido y Francia siguieron financiando aquel avión magnífico mucho después de saber que jamás sería rentable, precisamente porque ya habían invertido demasiado como para parar. Lo que en el cine cuesta una tarde, en una organización cuesta una fortuna.

Todos conocemos ese proyecto. El que ya no ilusiona a nadie, el que no cumple lo prometido, y que sin embargo sigue vivo por una sola razón: lo que se lleva gastado en él. “No podemos parar ahora, con todo lo invertido”. Es palabra por palabra, el argumento de quien se queda en el cine. Y cuanto mayor es la cifra, más difícil resulta detenerlo. La trampa se aprieta con el tamaño de la apuesta.

En mi experiencia, lo que mantiene vivo un proyecto que ya debería haberse parado rara vez es la falta de datos que aconsejen cerrarlo, sino algo que pesa más, como el coste de reconocer el fracaso, la reputación de quien lo defendió o el miedo a que parar se lea como una rendición.

Perseverar o empecinarse

Hay un momento especialmente peligroso en la vida de cualquier proyecto: aquel en el que deja de defenderse por sus resultados y empieza a defenderse por su historia.

Entonces aparecen frases conocidas: “hemos llegado demasiado lejos”, “ahora no podemos echarnos atrás”, “solo necesitamos un poco más de tiempo”. Ninguna habla realmente del futuro. Todas hablan del pasado.

Y cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta escapar. Abandonar el proyecto empieza a sentirse como reconocer que nos equivocamos, y continuarlo permite aplazar ese momento. Ahí la falacia económica se convierte en una trampa emocional.

Y es precisamente entonces cuando resulta más difícil distinguir entre perseverar y empecinarse. Tendemos a considerar la perseverancia una virtud, y casi siempre lo es. Pero perseverar significa continuar porque seguimos creyendo en lo que puede ocurrir. Empecinarse significa continuar porque nos cuesta aceptar lo que ya ocurrió.

La diferencia no está en cuánto hemos invertido ni en cuánto esfuerzo nos ha costado llegar hasta aquí. Está en la calidad de las razones que tenemos hoy para seguir avanzando.

Una organización necesita personas capaces de defender sus apuestas cuando aparecen las dificultades. Pero necesita igualmente personas capaces de reconocer cuándo seguir adelante ha dejado de ser perseverancia y se ha convertido simplemente en resistencia a aceptar la realidad.

Parar a tiempo es criterio

Por eso saber parar a tiempo no es un signo de fracaso, sino de criterio. Cerrar un proyecto que no funciona no borra el dinero perdido, pero libera aspectos valiosos como el tiempo, el talento y el capital que aún puedes destinar a algo que sí lo merezca. Y exige un valor poco reconocido, el de quien prefiere el mal rato de anunciarlo hoy al desgaste callado de sostener un año más.

El coste hundido nos ata al pasado disfrazándose de prudencia. Parece responsable no “malgastar” lo ya invertido, cuando es justo al revés, la prudencia auténtica mira hacia delante. La próxima vez que un proyecto se resista a morir en tu organización, hazte una sola pregunta: ¿Lo sostiene su futuro, o solo su pasado?

Me encantará leer tus comentarios.

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10 comentarios de “La falacia del coste hundido”

  1. keim dice:

    un navegador no decide si ir a la derecha o a la izquierda en base al punto de partida sino que recalcula en cada instante en función del destino y la información del camino

    tan facil

    • Adolfo Ramírez Morales dice:

      Exactamente Luis. Lo importante no es cuánto camino llevas recorrido, sino si el camino que estás siguiendo sigue siendo el mejor para llegar al destino. Recalcular a tiempo también es una forma de avanzar.

  2. José Pedreira dice:

    Ese empecinamiento va en la naturaleza humana. Corregirlo uno mismo es probablemente pedir un imposible. Por eso ha de ser tu pareja la que te dice “ venga, vámonos ya, está peli es insufrible” o en el caso de un proyecto cuando alguien con responsabilidad superior, generalmente, te dice “ hasta aquí hemos llegado”, te presenta racionalmente las opciones y será otro compañero el que tendrá que cerrar “tu proyecto”. Somos así.

    • Adolfo Ramírez Morales dice:

      Pepe, muy buen punto. Cuanto más nuestro sentimos un proyecto, más difícil resulta juzgarlo con distancia. Por eso, una mirada externa, con criterio y sin el peso emocional de lo ya invertido, puede ser decisiva para decir ese difícil «hasta aquí».

  3. Luis Miguel Inglés Vallejo dice:

    Cierto, yo lo he hecho en alguna ocasión. En el mundo de los negocios, cuando necesitas ser creativo, para anticiparte al mercado, muchas veces no tenemos en cuenta que el mercado (los clientes o los medios) tardan en adaptarse a esa nueva situación. Hace 16 años montamos una empresa internacional de formación profesional a distancia, sin valorar que en aquel momento en toda Hispanoamérica (que era nuestro mercado) había internet en pocas casas y los clientes demandaban el producto, pero no podían usarlo. Hoy hay negocios en ese mismo territorio igual que el nuestro, con gran éxito. Aquello lo cerramos y perdimos, pero gracias a eso dedicamos nuestras energías a nuestro negocio en España y ahí «lo petamos». Buen post y muy educativo.

    • Adolfo Ramírez Morales dice:

      Luismi, gran ejemplo. A veces la idea es correcta, pero el momento no. Y saber reconocerlo y retirar recursos a tiempo puede ser tan importante como haber tenido la visión inicial. En vuestro caso, además, cerrar una puerta permitió concentrar las energías donde realmente podíais ganar. Gracias por compartirlo.

  4. Carlos Muñoz dice:

    CONTRAPUNTO. Creo que el capitán Edward Smith, tendría serias convicciones para no abandonar el barco, a pesar de saber que todo había acabado. Hay que dar una oportunidad a la ilusión, al empeño, a la convicción, perseverando en la consecución de los objetivos, a pesar de lo que la racionalidad aconseje, de hecho, ese empeño por encima de las circunstancias, ha alumbrado grandes avances en la humanidad. No abandonar un proyecto a tiempo no es ignorancia, ni siempre una mala decisión, es buscar el aliento de la última oportunidad, el no rendirse, el pragmatismo no siempre vale para avanzar, ni en la vida ni en los negocios.

    • Adolfo Ramírez Morales dice:

      Carlos, buen contrapunto. Sin duda, muchos avances no habrían existido sin personas que perseveraron cuando la racionalidad aconsejaba abandonar. Quizá la clave esté precisamente ahí: distinguir entre la perseverancia que desafía lo establecido y la obstinación que se niega a aceptar la evidencia. Y esa frontera no siempre es fácil de reconocer.

  5. Fernando Gómez de Calatrava dice:

    Siempre hay dos puntos de vista de acuerdo a mi experiencia en proyectos IT. La de la empresa de servicios que quiere seguir apostando por terminar el proyecto y perpetuarlo a toda costa, y la del cliente final que sabe que no hay futuro y que tiene que pasar por el desgaste de reconocer el error cometido.
    Cómo asesor freelance independiente, afortunadamente siempre me he sentido libre de dar mi mejor opinión, siempre justificando con datos, pero claro, las cosas cambian cuando eres cliente o proveedor.
    Como dice el amigo Pepe, somos así.

    • Adolfo Ramírez Morales dice:

      Fernando, totalmente de acuerdo. Y ahí está precisamente una de las grandes dificultades: saber distinguir entre perseverar porque todavía hay valor por construir y perseverar simplemente porque ya hemos invertido demasiado. La independencia de criterio ayuda mucho. Gracias por compartir tu experiencia.

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